Hace unos meses os anunciaba a bombo y platillo que había traído mi bicicleta de España. En ese momento tenía grandes expectativas de utilizarla a diario para moverme por la ciudad y de organizar alguna excursión de varios días por la “Austria profunda”. Lo primero lo he cumplido a medias, pues me desplazo en bici, pero lo hago utilizando las gratuitas de la ciudad (en bastante mejor condición que las de Copenhague, por lo que he podido leer
). Lo segundo lo he llevado a cabo este fin de semana, acompañado por Natalia.
Si bien no ha sido una ruta larga, ni dura, ni de paisajes espectaculares, sí que ha sido una aventurilla más que agradable. La idea inicial era hacer una parte de la via ciclista del Danubio, entre las poblaciones de Krems y Melk (en la Wachau, tierra de vinos donde ya estuve escalando), aunque al final todo fue más o menos improvisado.
El sábado amanecimos bastante tarde y un poco desconfiados en cuanto al clima, tras la tormenta de la noche anterior en Viena. Pero nos decidimos a comprar cuatro cosillas, hacer unos sandwiches y poner las bicis a punto. Un par de horas más tarde estábamos en un tren rumbo a Krems…
El primer imprevisto en el viaje surgía poco después, cuando el revisor nos decía en perfecto austríaco que en Absdorf debíamos abandonar el tren y pedalear durante unos kilómetros hasta Kirchberg donde coger el siguiente tren, pues el tramo correspondiente de vía estaba siendo remodelado. Nuestro objetivo para esa tarde era encontrar algún sitio donde poder bañarnos, hacer una pequeña fogata para cocinar y dormir al raso. Así que decidimos olvidarnos del tren y pedalear hasta Krems, con la fe de encontrar algún lugar que cumpliera los requisitos por el camino.
Ya casi se me había olvidado la agradable sensación de pedalear por solitarias carreteras en buena compañía, sin nadie más a la vista, atravesando pequeños pueblos, con la absoluta libertad de parar cuando y donde quieras.
Los primeros kilómetros transcurrieron por llanuras cubiertas de campos de girasoles encontrándonos de vez en cuando con encantadoras poblaciones, de casas bajas con sus jardines habitados por gnomos. Lógicamente paramos para tomar alguna cervecilla y comprar vino para la cena.
Llanuras de girasoles

Jardín austriaco (con gnomo y troll)
Al poco tiempo alcanzamos la margen izquierda del Danubio, donde tomamos la ruta oficial, que debería llevarnos hasta Krems. Mientras el sol caía, nosotros pedaleábamos por una estrecha lengua de tierra entre el Danubio y uno de sus afluentes, en absoluta soledad. Hicimos un pausa para darnos un baño y comer algo.
Tras el remojón y el tentempié, y acuciados por los hambrientos mosquitos, retomamos la misión de encontrar un lugar para dormir. Dimos un par de vueltas infrutctuosas, por lo que decidimos seguir nuestra ruta. Por suerte, a unos 7 Km. de Krems encontramos un pequeño área de descanso con bancos y una zona para hacer fuego. ¡Perfecto!
La verdad es que todo salió a pedir de boca. Un sitio cómodo, tranquilo, al lado de nuestra ruta y con todas las facilidades para cocinar a la parrilla las brochetas que traíamos desde Viena
. Y todo regado con un gran vino blanco de la zona. Lo mejor de todo fue que el clima nos respetó y pudimos disfrutar de una agradable noche durmiendo al raso.
A la mañana siguiente, de nuevo un sol radiante nos acompañaba, por lo que comenzamos la jornada con un baño, seguido por una nueva parrillada para coger fuerzas; esto es vida
.
Emulando a Colón
Poco a poco el camino se iba llenando de ciclistas, que parecían bastante sorprendidos de vernos allí, habiendo dormido a la intemperie, desayunando salchichas a la parrilla y bañándonos en el río. Será que la ruta del Danubio está demasiado popularizada y no deja lugar a la improvisación.
Tras recoger todos los bártulos, pusimos rumbo a Krems, donde realizamos una corta parada para tomar fuerzas y continuar nuestra ruta. En estos momentos casi habíamos descartado la opción de llegar a Melk, pero decidimos seguir hasta donde dieran las fuerzas y las ganas. Entre campos de viñedos atravesamos Dürnstein y seguimos pedalenando hasta Weissenkirche. Estábamos a 25 Km. de Melk, bastante cansados y amenazaba lluvia, por lo que decidimos comer allí y desandar el camino hasta Krems, donde tomar el tren rumbo a Viena.
El viaje de vuelta fue una pequeña odisea. Cogimos el tren en Krems a última hora, corriendo escaleras abajo y arriba con la bici a cuestas. Este tren se averió unas pocas estaciones después, por lo que nos cambiaron a uno antiguo pero más fiable
. Al igual que en el camino de ida, el tramo entre Kirchenberg y Absdorf estaba cortado, por lo que debíamos cambiar de nuevo de tren. Esta vez tenían esperando un autobús con remolque donde introducimos las bicis, y nos ahorramos el pedaleo entre ambas poblaciones. Cuando llegamos a Absdorf un tren nos esperaba para llevarnos a Viena. La verdad es que da gusto que se preocupen así por los viajeros, y más por los que llevan bicicleta. El único problema es que este tren no paraba en la estación en la que lo cogimos a la ida, por lo que tuvimos que investigar dónde bajarnos y cómo volver a casa. Por suerte unos amables austríacos nos mostraron el camino y en poco más de un cuarto de hora estábamos en casa, dispuestos a darnos una ducha, cenar algo y ver la final del mundial…
Hoy estoy cansado y cubierto de picaduras de mosquito… pero feliz!